Paper:

Mayra Espina Prieto
"Género y cambios en la estructura socioclasista cubana en los 90"
CIPS, Enero del 2001

 

Introducción.

La crisis y el reajuste económico que han marcado la sociedad cubana de los anos 90 han tenido entre sus efectos más relevantes una reconfiguración de la estructura social que incluye desde procesos de emergencia y desaparición de diferentes grupos sociales, fortalecimiento y debilitamiento económico de otros, ensanchamiento de las distancias sociales y las desigualdades, aparición de sectores sociales en riesgo y de estratos en situación ventajosa.

Tales procesos no han concluido aun su despliegue, lo que limita las posibilidades para su interpretación más profunda, pero su fuerte capacidad modificadora ha alterado, en un tiempo relativamente breve, la naturaleza del anterior esquema de estratificación, centrado en altos grados de homogeneidad e igualitarismo distributivo.

Por supuesto que la acción combinada de la crisis y la reforma también han impactado las relaciones de gánero y la situación de la mujer, aspectos que han constituído un área prioritaria de análisis en las ciencias sociales cubanas. Si embargo, son prácticamente inexistentes las investigaciones que aborden la articulación clase-género, tema que, a pesar de su relevancia teórica y práctica y su utilidad para comprender desde la óptica de las diferencias, la experiencia de la transición socialista cubana, no ha logrado consolidarse en la tradición de los estudios de género en nuestro país.

Sin la posibilidad real de resolver aquí esta lamentable carencia del pensamiento social cubano, este texto intenta acercarse a esa problemática, caracterizando el escenario de los cambios socioclasistas más importantes asociados a la reforma, entendidos como contexto general que incluye las modificaciones que se están produciendo en la situación de la mujer.

Breve comentario sobre el enfoque teórico metodológico.

Aunque no es nuestro interés detenernos en análisis conceptuales, parece imprescindible al menos comentar el esquema teórico que ha guiado nuestras reflexiones sobre la estructura socioclasista cubana en la reforma.

Por estructura socioclasista entendemos el entramado de posiciones, grupos y de relaciones entre ellos, que se configuran a partir de la división social del trabajo y de las relaciones de propiedad que constituyen la base de la reproducción material de una sociedad histórico concreta, entramado que expresa el grado de estratificación y desigualdad, y de integración o exclusión que caracteriza a dicha sociedad, y que se conecta con otros ejes de articulación de diferencias sociales de naturaleza histórico cultural (de género, generaciones, raza, etnia, entre otros).

Sin negar la relevancia de los factores subjetivos y socioculturales en la construcción de las diferencias y las desigualdades, estamos utilizando aquí el concepto de estructura en su dimensión de constricción externa al sujeto, armazón que puede ser transformada y significada por la acción del sujeto (individual o colectivo), pero que objetivamente este encuentra como un sistema de limitaciones para el posible repertorio de su acción. Ampliar o modificar dicho repertorio implica alterar y modificar la estructura que constriñe la acción.

Diferenciación y desigualdad (o igualdad) son cualidades, criterios de valoración de una estructura de grupos interconexos. Diferenciación significa la cantidad y variedad de los segmentos que integran dicha estructura, que generan grupos distinguibles del resto a partir de uno o varios rasgos (en el caso que nos ocupa, ubicación en la división social del trabajo) que a su vez suponen una cierta unidad interna que recorre desde relaciones materiales hasta las espirituales e identitarias. La desigualdad caracteriza la medida en que dichos grupos diferentes están segmentados estratificadamente, es decir, unos en situación más ventajosa que otros en lo relativo a acceso a poder y bienes materiales y espirituales).

Por supuesto, que las estructuras configuradas a partir de la división social del trabajo, de la propiedad, y de la base productiva de la sociedad no agotan ni explican toda la diferenciación y desigualdad presente en un espacio y un momento histórico concreto. Al tradicional eje clasista de diferenciación habría que añadir otros, no desgajados totalmente de él, pero que funcionan con una lógica propia, y donde los elementos subjetivos y socioculturales de construcción de la desigualdad tienen especial fuerza. Nos referimos a los ejes de género, raza y generación, como fuentes históricas de desigualdad de mayor potencia.

En este caso nos interesa especialmente la diferenciación y la desigualdad asociada a la condición de género, entendiendo por este una construcción social que ha diferenciado, cultural e históricamente, los roles, características, capacidades y posibilidades del hombre y la mujer, otorgando a esta última una condición subalterna. Aunque esta fuente de desigualdad esta atravesada por la situación de clase, esta fuertemente marcada por las desigualdades que se construyen desde lo simbólico.

En nuestro esquema lógico, a estos conceptos típicos de la sociología de la estructura social y las desigualdades, hay que añadir la noción de complejidad, que ofrece una perspectiva para comprender de forma integrada los procesos de transformación de las estructuras y relaciones sociales que esta teniendo lugar en la sociedad cubana desde los 90 hasta hoy.

La noción de complejidad de la estructura social que asumimos es aquella que, cercana a la postura sistémica, la entiende como multiplicación de los actores sociales y de los nexos y redes que se forman entre ellos, ampliación y coexistencia simultanea de las posibilidades de elección y de los repertorios de acción (no necesariamente realizables en la realidad concreta, pero si potencialmente elegibles) que integran el horizonte de lo posible en que el mundo social puede ser interpretado por los actores sociales.

Todo ello supone la expansión de las posibilidades de autorganización de los actores y de los elementos azarosos y en los cursos de acción que finalmente se verifiquen.

Para Bobes (2000), autora que considera la crisis y la reforma cubana como momento de aumento de la complejidad, la sociedad compleja se caracteriza por la existencia de muchas posibilidades en ausencia de un patrón de selección de alternativas de acción; por ser acéntrica, al existir diversos grados y espacios de formación de la experiencia; por la ampliación de los factores de riesgo y contingencia; por la discontinuidad y diferenciación creciente en los códigos comunicativos de cada ámbito de interacción y, con ello, por la multiplicación de los sentidos.

Coincidimos con esta apreciación, en su aplicación al terreno de los cambios en la estructura socioclasista y las relaciones de género, en al medida en que crisis y reforma (explícita o implícitamente, directa o indirectamente) han generado una diversificación y diferenciación de actores, ampliado los grados de desigualdad, multiplicado sus opciones de acción autónoma en lo tocante a su reproducción material y simbólica como tales actores.

Transformaciones recientes en la estructura socioclasista cubana.

Los estudios sobre los cambios socioestructurales en la sociedad cubana en las últimas 4 décadas han documentado la presencia de tres grandes momentos en este proceso (Espina, 2000):

a) Período de los cambios clasistas fundamentales. 1959-1975.Aquí se desmantelan las relaciones de clases anteriores y se construye un nuevo sistema de componentes socioestructurales que tiene como eje fundamental la estatalización. Se produce una desestratificación social.

b) Período de los cambios en la estructura interna de los componentes socioclasistas fundamentales. 1976-1988. Los componentes socioestructurales típicos de la transición socialista (clase obrera, intelectualidad, campesinado) se reproducen establemente, mantienen su peso relativo en la estructura social y los cambios más intensos se desplazan hacia su composición interior, en virtud de una complejización progresiva de la división socio-ocupacional del trabajo.

c) Período de reforma económica y reestratificación social 1989-actualidad. La crisis económica iniciada a finales de los 80 y la estrategia de reajuste puesta en práctica para su enfrentamiento, tienen como uno de los efectos sociales más significativos la ampliación de las distancias sociales y la emergencia de nuevos actores socioeconómicos.

Concentremos la atención en la última y actual fase de este proceso, analizando su naturaleza reestratificadora.

Dentro del repertorio de medidas que conforman la reforma económica cubana es posible distinguir aquellas que tienen un impacto directo e instantáneo sobre la estructura social por su capacidad estratificadora. Un listado sintético de dichas medidas incluye, sin lugar a dudas, las siguientes:

- Rediseño del sistema de propiedad: aparición del sector de economía mixta y de capital extranjero; ampliación de la pequeña producción privada urbana y rural; extensión y diversificación del sector cooperativo agropecuario; decrecimiento del sector estatal.

- Modificación del papel del estado en la economía: ampliación del rol de los mecanismos de mercado y potenciación de la planificación estratégica.

- Reforma empresarial que incluye modificaciones en las formas de estimulación por el trabajo.

- Reestructuración de las formas de empleo y las fuentes de ingreso.

- Potenciación de nuevos sectores económicos como el turismo y la biotecnología.

- Legalización de la tenencia de divisas y dualidad monetaria.

En virtud de la fuerte modificación que estas medidas producen en la composición socioestructural cubana, anteriormente articulada fundamentalmente a partir de la estatalización como fórmula preponderante y sistemáticamente ampliada de inserción social, es posible inferir la apertura de una nueva etapa en el proceso de reproducción de la estructura social cubana que puede ser denominada como de "reestratificación", en tanto significa la aparición de nuevos actores socioeconómicos, una mayor segmentación interior de los actores emergentes y los tradicionales y grados de desigualdad relativamente amplios asociados a esa diferenciación.

Entre los procesos que ilustran la reestratificación pueden incluirse los siguientes:

Aparición de nuevas formaciones de clases y recomposición de capas medias.

En el sector informal: los propietarios, patronos, empleadores, son categorías típicas de la reconfiguración de una pequeña burguesía urbana. Propietarios de pequeños negocios de restaurantes y cafeterías, de talleres de reparación de automóviles, pequeños productores de calzado, son figuras emblemáticas de esta reconfiguración.

Segmentación interior de los grandes componentes socioclasistas precedentes

En esta nueva etapa, los grandes componentes típicos de la transición socialista cubana (clase obrera, intelectualidad, directivos y empleados) que anteriormente se caracterizaban por articularse a partir de la propiedad estatal, y con ingresos salariales con un diapasón relativamente estrecho de diferenciación, están experimentando una heterogenización interior proveniente de su vínculo con formas de propiedad diferentes, (los estatales, los vinculados a la economía mixta y al capital extranjero y los ocupados en la economía informal como asalariados o trabajadores autónomos).

De igual modo es observable en estos componentes una división entre ocupados en sectores tradicionales y emergentes. Convencionalmente esta clasificación distingue entre actividades donde se han aplicado nuevas fórmulas de estimulación del trabajo que suponen ventajas materiales, monetarias o de otro tipo para los trabajadores y que por lo general están vinculados a la exportación o al mercado interior en divisas (emergente) y aquellos que permanecen regidos por criterios de dirección y estimulación anteriores a la crisis (tradicionales).

La división entre sectores tradicionales y emergentes condiciona una diferencia significativa al interior de las clases obrera, la intelectualidad, los dirigentes y los empleados al crear una fractura entre posiciones ventajosas y desventajosas atendiendo al diferente acceso al bienestar material en las condiciones de trabajo y de vida.

Heterogenización de los actores propios de la producción agropecuaria.

A través de la parcelación y cooperativización de tierras estatales, del potenciamiento de la pequeña propiedad y la introducción de mecanismos de mercado, se ha producido, la emergencia de nuevos grupos sociales (cooperativistas en tierras del estado o UBPC y parceleros) y un verdadero proceso de "recampenización" del agro cubano. (Martín, 1997).

La introducción de mecanismos de mercado como vía de realización de parte de la producción agropecuaria ha potenciado las diferencias socioeconómicas al interior de este heterogéneo campesinado, proceso en el que el pequeño agricultor individual, tradicionalmente de mayor productividad y flexibilidad para adaptarse a las demandas del mercado ha sido el mayor beneficiado continuando su fortalecimiento económico, mientras que la COPA y UBPC no logran estabilizarse (Martín, 1997).

Polarización de los ingresos.

El elemento tangible por excelencia de los esquemas de estratificación es el de la distribución de los ingresos. En el caso de la reforma cubana esta afirmación también se aplica.

Ella ha implicado el paso de una situación en que los ingresos de la mayor parte de la población (alrededor del 95 %) provenían de salarios del trabajo estatal, donde la diferencia teórica máxima posible era de 1 a 5, y se sustentaban en escalas de calificación y productividad, hacia una nueva situación en que se diversifican las formas y magnitud de los ingresos y se amplía el diapasón que separa sus límites mínimos y máximos.

Entre las vías de diferenciación de los ingresos familiares y personales actuantes encontramos, por ejemplo, la redistribución del empleo y salida del sector estatal (urbano o agrícola) de una masa considerable de trabajadores que sé "desalariza" o se convierte en asalariado o semiasalariado privados.

De acuerdo con estimados de la autora en 1994 alrededor del 30.2 % de los ocupados en la economía nacional estaban vinculados al sector no estatal, en contraste con él 6 % que en 1988 tenía esa condición.

Se agrega a este hecho la aparición del desempleo que, según cifras oficiales, en 1996 alcanzó niveles entre el 6 y 7 % de la población económicamente activa (Ferriol, 1998).

De esta manera, una parte considerable del empleo deja de recibir ingresos fijos y/o centralmente determinados y varían las cuantías mínimas y máximas recibidas.

En igual dirección actúa la implantación de sistemas de estimulación propias en sectores emergentes y otras actividades, que incluyen ingresos en divisas y en especie y el acceso a tiendas especiales y comprendían en 1996 alrededor del 38 % de los trabajadores estatales y cooperativistas (Ferriol, 1998) y 1,3 millones de trabajadores en general (González, 1998) y el acceso directo a divisas.

En este ultimo aspecto, tanto a través de remesas familiares como por sistemas de estimulación del trabajo diversos, se calcula que en 1997 alrededor del 50 % de la población tenia acceso a divisas (Ferriol, 1998), lo que les proporciona condiciones más favorables que al resto para acceder a un consumo más amplio y de mayor calidad.

También ha tenido lugar una concentración de los ingresos: cálculos para 1994 mostraban que menos del 10 % de los poseedores de dinero concentraban alrededor del 60 % de la liquidez acumulada, y alrededor del 70 % de los depósitos bancarios corresponden a solo el 6 % de los ahorristas y que un 15 % de familias controlan el 70 % del efectivo. Hacia 1997 la concentración de los ahorros recaía en el 12.8 % de las cuentas.

Por ultimo, debe incluirse en este listado suscinto de elementos que expresan la polarización de ingresos, la aparición o ampliación de franjas poblacionales en situación de pobreza.

Según estudios recientes , ha aparecido en el país una franja que incluye una proporción cercana del 15 % de población en situación de vulnerabilidad, es decir, que sus ingresos mensuales percápita no alcanzan para cubrir los requerimientos de la canasta básica, o están muy próximos a ese límite. (Ferriol, 1998).

En su conjunto la estratificación se expresa como aumento de la desigualdad, la ampliación de las distancias sociales y el corrimiento hacia arriba y hacia abajo de los grupos extremos.

El tema de la magnitud de la desigualdad está aun en pleno debate. Según estudios realizados en la economía la diferencia entre el 20 % que recibe menos ingresos y el 20 % de mayor ingreso es de 1 a 4 (Martínez, 1996) o de 1 a 6 (Ferriol, 1998).

A nuestro juicio estos cálculos subvaloran la desigualdad asociada a los ingresos y quizás solo ilustran una situación promedio o la más extendida, pero habría que prestar mayor atención a la dispersión de ingresos que no resulta solo de la presencia de casos atípicos.

Si como antes se señaló, un 14.7 % de la población está en condición de vulnerabilidad y sus ingresos no alcanzan los 200 pesos mensuales percápita, mientras que otra franja, todavía no determinada su magnitud, puede percibir ingresos de 2000 pesos* percápita mensuales (cuentapropistas, campesinos, familias que reciben remesas), el diapasón de la desigualdad es más amplio que el anteriormente calculado.

Por supuesto,este diagnóstico de el estado de la desigualdad tiene solo un carácter preliminar,pues hasta ahora solo ha podido considerar elementos mas o menos visibles, y relativamente fáciles de captar, de las diferencias sociales.En la perspectiva deberá necesriamente considerar los efectos desigualitarios y redistributivos de la formación de redes y de nexos entre diferentes actores, que configuran sujetos socioeconómicos mas allá de una estrcutura formalmente establecida, y que generan y mueven flujos monetarios que distorsionan las normas de distribución formalmente instrumentadas.Nos referimos a relaciones económicas y sociales que se generan a partir de la economía sumergida y la informalidad, y de las mas diversas estrategias de sobrevivencia, insuficientemente valoradas en su impacto estratificador.

Cambios en la situación de la mujer.

El tema de la mujer y los cambios en su situación social como efecto de la transición socialista, ha tenido un lugar permanente en las disciplinas sociales cubanas. Especialistas en el tema identifican un conjunto de acciones que integran lo que podríamos llamar una "política asertiva" hacia el mejoramiento de la condición social de la mujer, entre las que se encuentran las siguientes (Alvarez, 1998):

- Implemantación de servicios educacionales gratuitos en todo el país, que garantizan el acceso en condiciones de igualdad a niños y niñas, mujeres y hombres.

- Eliminación de las prohibiciones y restricciones legales que limitaban el acceso de la mujer al empleo.

- Aseguramiento de las condiciones para la salud reproductiva, la planificación familiar y el derecho a la elección libre de la fecundidad.

- Promulgación del Código de Familia, instrumento jurídico que reconoce la igualdad de hombres y mujeres en la vida familiar.

- Introducción en la constitución de los derechos de la mujer a ocupar cualquier cargo y empleo del estado, la administración pública, la producción y los servicios.

- Creación en el parlamento de la Comisión permanente de atención a la Infancia, la Juventud y la Igualdad de Derechos de la Mujer.

- Diseño y aplicación del Plan de Acción Nacional de Seguimiento de la IV Conferencia de la ONU sobre la Mujer, a través de una comisión de carácter gubernamental.

Así, garantía de acceso a educación, salud, empleo y aseguramiento legal del derecho a la igualdad, han sido los cuatro pilares que sostienen la política hacia la mujer en la transición socialista cubana.

En lo que concierne a la ubicación socioestructural de la mujer, esa política se ha expresado en tendencias como las siguientes:

- Ampliación sistemática de la ocupación femenina.

Entre 1970 y 1991 se produce una incorporación estable y ascendente de la mujer al trabajo con altibajos en la década de los 90 que no disminuyen significativamente su proporción en la fuerza laboral del país (Nuñez, 2000). A finales de esa década las mujeres representaban el 42,5 % de los ocupados en el sector estatal civil y el 18 % del sector no estatal (Alvarez, 1998).

- Elevación contínua de la presencia de la mujer en el empleo calificado.

Desde 1978 la mujer representa mas del 50 % de los ocupados en puestos técnicos y profesionales, proporción que hacia 1999 alcanzaba el 66 % (Nuñez, 2000).

- Aumento del acceso de la mujer a cargos de dirección.

La proporción de mujeres en la categoría ocupacional de dirigentes pasó de menos de un 25 % en los años 80, a un 30 % en 1998 (Alvarez, 1998); en los organismos de la administración central del estado las mujeres dirigentes pasaron del 12 % a inicios de los 80, al 24 % a finales de la pasada década; 3 mujeres ocupan cargos de ministras.

- Diversificación del empleo femenino y presencia de las mujeres en empleos no tradicionales.

El espectro ocupacional femenino se ha ampliado en dos direcciones: en ocupaciones no calificadas o de baja calificación, especialmente por su irrupción en actividades agrícolas remuneradas y en la industria; en profesiones de alta calificación, anteriormente casi exclusivamente masculinas, como por ejemplo la ingeniería, la medicina, la investigación científica.

- Aumento de los grupos de mujeres asalariadas y con ingresos propios.

Esta tendencia obvia significa un impulso a la independencia económica de la mujer y a un cambio en sus funciones en la esfera domestico familiar.

- Feminización de la enseñanza.

En un interesante estudio de Domínguez y Díaz (1999) se apuntan varios elementos que sustentan esta afirmación, algunos provenientes de otras investigaciones, como es el caso de la realizada para la identificación de talentos, donde resultó que el 76 % de los niños seleccionados fueron del sexo femenino. Asimismo, en un estudio longitudinal del niño y el joven cubano, la mayoría (el 62 %) de los niños que a los 7 años tenía retraso escolar, eran varones, Otro dato de ese misma investigación es que a los 17 años se mantenía estudiando el 70 % de las hembras y el 61 % de los varones.

Ya en el nivel superior de enseñanza se mantiene esta tendencia a la feminización pues en el período 90-95 el 57 % de los estudiantes universitarios del país eran mujeres. Esta expresión de diferenciación parece acentuarse para Ciudad de La Habana. Para el mismo período en la Universidad de La Habana las jóvenes representaban el 61 %, y en 15 de las 25 carreras que se estudian en ese centro las mujeres son más de las dos terceras partes. Estas elevadas proporciones se dan incluso en carreras (como Derecho y Periodismo) en las que en otros países no es típica la alta presencia de mujeres.

Estas 6 tendencias resumen las áreas de cambio socioestructural más fuertes que ha experimentado la situación de la mujer y significan un aumento de su ubicación de clase autónoma (no dependiente de la del padre o esposo), de su presencia en los componentes clasistas fundamentales de la sociedad cubana contemporánea (fundamentalmente en la clase obrera y la intelectualidad), y un mejoramiento de la calidad de su pocisionamiento socioestructural. Todos este proceso puede interpretarse como la "ganancia de espacios de participación" (Guerrero, 1998).

Entre los elementos negativos que han acompañado este proceso los especialistas sitúan la permanencia de una socialización que reproduce estereotipos y prejuicios sexistas desfavorables para la mujer; extendida presencia del desempeño de roles familiares que responden a un patrón tradicional de la división del trabajo doméstico, lo que sobrecarga a la mujer en esta área y genera la llamada doble jornada de la trabajadora; la subrepresentación de la mujer en los cargos de dirección y en los espacios de toma de decisiones; el escaso desarrollo de los servicios que podrían aligerar las tareas domesticas; la insuficiente dotación de círculos infantiles; el limitado tiempo libre de las mujeres, entre otros.

Las tendencias que caracterizan el mejoramiento de la ubicación socioestructural de la mujer comienzan a manifestarse desde los años 60 y se fortalecen significativamente hacia finales de los 70 y los 80. Aún cuando la crisis y el reajuste que tipifican los 90 no logran revertir en lo fundamental esta dinámica positiva, ellos introducen nuevos elementos que agudizan los problemas preexistentes y crean otros.

Desde nuestra óptica, en esta línea de análisis tres son las áreas de preocupación más relevantes en cuanto a los efectos negativos de la crisis y la reforma sobre la ubicación socioestructural de la mujer y en el ejercicio de la igualdad de genero: vulnerabilidad, empoderamiento y precarización.

En cuanto al tema de la vulnerabilidad, vale decir que las investigaciones que han abordado esta cuestión, aún sin haber utilizado propiamente un enfoque de género, sitúan a las mujeres entre los grupos más vulnerables (Ferriol, 1998) en el sentido de tener una presencia más alta que los hombres entre aquellos cuyos ingresos mensuales están por debajo, o casi en el límite, del monto necesario para garantizar la canasta básica.

A escala nacional se ha detectado una franja de población urbana de un 14,7 % en situación de pobreza. Esta proporción es de 13,5 para los hombres y de 15,8 entre las mujeres. Dentro de esta franja un 4,3 % corresponde a una situación critica, 3,8 % para los hombres y 4,8 % para las mujeres. Estas proporciones ilustran claramente que las mujeres están recibiendo con mayor fuerza el costo social de la crisis.

En lo que respecta al empoderamiento, entendido como el acceso real y efectivo a posiciones protagónicas en la toma de decisiones en todas las esferas de la vida social, las investigaciones coinciden en señalar que si bien es innegable el aumento ininterrumpido de las mujeres en cargos y responsabilidades de dirección en la economía, el estado y las organizaciones sociales, como antes se apunto, en este proceso se aprecian obvias contradicciones (Alvarez, 1998; González, 2000): la marcada subrepresentación de las mujeres en cargos de dirección en relación con su proporción en el empleo y en la fuerza de trabajo calificada; la disminución del peso de las mujeres a medida que se asciende en el nivel de jerarquía de la dirección; la asimétrica distribución del poder en la dirección de los procesos productivos, esfera donde se advierte casi una exclusión de las mujeres de la dirección.

Entre las causas que condicionan estas asimetrías se sitúan los estereotipos de género que funcionan en nuestra sociedad y que favorecen al hombre al presentarlo con mayor capacidad para la dirección y el ejercicio de la autoridad; la persistencia de la doble inserción, trabajo remunerado-trabajo doméstico, que recarga a las mujeres y obstaculiza el despliegue de sus potencialidades como directivas; la insuficiente dotación de servicios de apoyo al hogar; la atención a los hijos (Alvarez, 1998; González, 2000), situaciones que aunque no son nuevas se han visto agudizadas por la combinación de la crisis y el reajuste.

La precarización del empleo femenino es un tema que no se ha abordado en los estudios sociales cubanos sobre la reforma, pero su influencia puede inferirse a partir de la expansión del sector informal donde es empíricamente observable el fenómeno de la ubicación de la mujer en puestos de menor jerarquía, con funciones muy cercanas a las domésticas, donde la separación entre la jornada laboral y no laboral es difusa y en condiciones de confort mínimas, muchas veces en calidad de ayudantes familiares no remuneradas. A ello habría que agregar la expansión, abierta o encubierta, de la prostitución y el proxenetismo, con su nefasta secuela sobre la igualdad y dignidad de la mujer. Según cálculos no oficiales a mitad de los 90 en todo el país podrían contarse alrededor de 60 mil prostitutas o mujeres ejerciendo de alguna forma el comercio sexual (Triana, 2001).

A ello habría que agregar que, por ejemplo, en la actividad turística, sector altamente cotizado como área de empleo por las ventajas materiales que provee,solo el 36,6 % de la fuerza de trabajo es femenina , en su mayoría concentrada en ocupaciones de menor calificación y no directivas.(Alvarez, 2001).

Algunas reflexiones para finalizar.

Heterogeneización creciente, complejidad, aumento de las distancias inter e intra clasistas, ensanchamiento de las desigualdades sociales, polarización, han pasado a ser los procesos más intensos de la reproducción socioestructural, teniendo como eje básico la diversificación de la propiedad y los ingresos. Estos procesos han alterado también los nexos clase- género.

La tensión entre tendencias regresivas y progresivas, de avance y retroceso, de ganancia y de pérdida, es el rasgo mas marcado de la dinámica actual de la ubicación socioclasista de la mujer y las relaciones de género.

A nuestro juicio, esto reclama orientar cada vez mas los análisis de los cambios que están ocurriendo en Cuba desde la óptica de la comprensión de la diversidad, la diferenciación y la complejización de las relaciones de clase y género, tema que sigue siendo una asignatura pendiente dentro de la teoría del socialismo. Equidad frente a igualitarismo, diversidad con justicia social y sin explotación frente a homogeneización simplificadora, participación frente a centralización excesiva, parecen ser claves actuales para pensar el futuro del proyecto socialista cubano.

Dentro de ello, el tema de la situación de la mujer y de la continuidad de la construcción de una sociedad alternativa que logre superar radicalmente sus rasgos patriarcales, se inscribe con toda legitimidad y urgencia en la agenda de las ciencias sociales y de los debates cotidianos.



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